En lo profundo del sol: Prólogo

EN LO PROFUNDO DEL SOL, De Bouiller: Poesía y ensalmo.

El mundo es una estampa inasible que provoca y seduce, que incita y abandona; nos atraviesa y nos expulsa cargados de otros mundos, de otras resonancias, de seres maravillosos o impíos.  ¿Vida?  ¿Es eso la vida?.
En  En lo profundo del sol habitan en principio, fragmentos de realidades refractarias que emergen de la vida misma  en busca de una integridad tangible, equilibrada.  La voz del poeta,  peregrina de sensaciones y pensamientos, es quien traza diálogos íntimos ante cada reflejo con afán de aprehender al menos ciertos rasgos esenciales de identidad.  Silencio y reflexión.  Soledad que abre su cauce en versos con una distribución muy cuidada –tal vez para exaltar lo pronunciado, tal vez para exhibir aquello que es sólo un altar,  donde no caben las palabras-, con formas variables que sostienen un mismo tono: el de la oración, la súplica, la plegaria.  Susurrar en público lo privado, rogar para que se conceda una clave e iniciar así el descifre de un misterio, una carencia.  ¿No es eso poesía?.
 
Una voz en un cuerpo.  Y es el cuerpo quien percibe la amenaza de desintegración, la vida pugna en medio de sitios incendiados y estallidos, ácido, metales, encierro.  Un cuerpo que mira sobre todas las cosas, limitado, que obtiene sólo fragmentos, que es azotado por el fluir de la historia  y sus leyes, por el amor y el goce –tan efímeros-, por la vanidad de los recuerdos: “ Me toca ignorar/La imagen absurda/ Del pasado”
“Ya más liviano, ya en el olvido, descanso”, “Oigo el clamor de mis huesos/ Cuando se saben lejos de ti”.
 
Un cuerpo cincelado con  dolor inevitable y necesario, cómplice del Silencio –“En el silencio soy”-, dispuesto a construir un espacio con trabajo e inteligencia, donde los límites se expanden hacia  nuevas percepciones y conocimientos.  Allí  nos alerta la presencia de Otro, que observa con gesto piadoso y con quien se dialoga en todos los textos,  nos evoca un Paraíso no perdido sino hallado en medio del desierto.  Y donde hubo quietud, oscuridad, agobio y desesperanza, habrá un lugar plácido, etéreo, con movimientos del viento, luminoso, accesible:
El temor del Señor es la sabiduría
Y el apartarse del mal la inteligencia” Job 28:28
 
El amor y el dolor transustancian al fin, en unidad y goce, “Tanta luz duele y sangra sin fin”.
 
En lo profundo del sol construye un templo,  a cuyo  pie el tránsito de una a otra realidad es grito, sueño, pujo por salir, destierro,  y la voz del poeta, un ensalmo...
 
MARÍA PUGLIESE.
Muñiz, 18 de Septiembre de 2004.